sábado, 24 de mayo de 2008


Dicen que es difícil que quién no sabe de dónde viene sepa para dónde va. El futuro es la consecuencia de lo que sucedió antes. Si pienso en lo que yo misma soy, tengo que mirar el pasado y necesariamente llenarme de inquietudes. ¿Qué sería de mí si hubiera nacido en otro lugar?,ó, sí el lugar donde nací hubiera tenido otras características, o si lo sucedido en otros siglos hubiera sido diferente? Pensar en esto me ayuda a ver las cosas de otro modo; en un mundo en el que los avances tecnológicos han sido llevados a los extremos, en el que gracias a la influencia de la televisión y los otros medios de comunicación, nos olvidamos de hacer preguntas, y nos parecemos cada vez más a las personas de otros lugares, olvidando lo que nos hace ser diferentes y especiales, en un mundo que discrimina al que no tiene plata o poder, vale la pena preguntarse, qué sangre nos corre por las venas. Como latinoamericanos, en nuestras venas corre sangre indígena, española y negra, y, a pesar de las grandes diferencias que tenemos con españoles, indígenas y negros, no podemos negar que algo de su raza aún está presente.
No podemos olvidar que en algún momento de la historia de América, los negros fueron esclavos, que los indígenas se dejaron someter, y que los españoles se sintieron con un derecho superior. Y no podemos olvidarlo porque hoy somos la consecuencia de ese encuentro: aún hoy, en ocasiones, los latinoamericanos, los colombianos, los cartageneros, nos sentimos inferiores frente a unas razas y superiores a otras, como si nuestra memoria se empeñara en no recordar que los grandes valores que nos dejaron cada una de ellas: el amor del Dios cristiano, el respeto de los indígenas por la naturaleza, la fidelidad, en la distancia, de los negros hacia sus valores culturales. El día que decidamos mirar atrás, y saber un poco más sobre las características de nuestra historia y de las personas que la hicieron, ese día, con seguridad, veremos el gran valor que tiene ser hijos de tres mundos.

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